Memorias del despachador emergente

IMG_1693Lunes: me anuncian que tal vez nuestro despachador oficial no va a poder venir; un compromiso cívico-laboral. Martes: me confirman que me toca a mi despachar todos los pedidos. Felizmente no son tantos: las dificultades del socio de la tienda hacen la felicidad del despachador emergente.

Miércoles:termino de adaptar la jaba de motociclista-despachador en mi Nazca y salgo disparado hacia una cafetería elegante que nos hace el favor de comprarnos zanahorias orgánicas. Después de dejarle mi cédula a un vigilante que se cree el guardián de algún templo del «croissant» de almendras, deposito las dichosas zanahorias en la jaba de un almacenero que me engaña en mi propia cara con 200 gramos en el peso. No importa, lo esencial es seguir siendo uno de los dichosos elegidos que vienen a proveer la materia prima de los jugos sanos al templo del «croissant». Sin embargo, cuando ya estoy saliendo a recoger el resto de los pedidos, del común de los mortales, me llaman: un «problema con la factura». Mientras el almacenero canalla me hace esperar,  asisto a la misma escena de engaño en el peso con una señora elegante que viene a entregar…zanahorias! las baja con elegancia de un cuatro por cuatro elegante, y, elegantemente, no se deja engañar por el almacenero.

Cuando por fin se ocupan de mi caso, y me informan que me tengo que regresar con mis zanahorias (es cierto que están con unas manchas negras en la cáscara, qué demonios están haciendo en la huerta!?), salgo por lo menos agradecido por descubrir porqué los pedidos de zanahoria han venido bajando…

Habría mucho que contar sobre la jornada trepidante de un despachador de MEGA ORGANIK, pero,  por razones de confidencialidad de los pedidos de los clientes, sólo les puedo decir que , después de un olvido de dos pollos, reclamos por el peso de las verduras y por la falta de una naranja (después la encontré en el fondo de la caja, la condenada!) tuve que soportar estoicamente dos episodios de aguacero, mientras me acercaba a la locura gracias a un error en la dirección que me hacía enfrentarme a dos perros en furia detrás de un portón metálico que, felizmente, nunca se abrió…a quinientos metros de la morada del verdadero cliente.

Al lado de eso, entregar el último pedido en el Centro Histórico fue un juego de niños (ya conocía la dirección!).

Todo sea por llevarles su pedido de comida sana!

 

 

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